En el vasto océano de ratios financieros —PER, ROE, ROA, EBITDA— existe uno que destaca por encima de todos cuando se trata de evaluar la verdadera calidad operativa de una empresa y su capacidad para crear valor: el ROIC (Retorno sobre el Capital Invertido). Como bien decía Charlie Munger, a largo plazo es difícil que la rentabilidad de un inversor supere el ROIC de la empresa en la que invierte.
Si una empresa rinde al 6% sobre su capital durante 40 años, tu rentabilidad no será muy distinta a ese 6%, incluso si la compraste “barata”. Por el contrario, un negocio que genera un 20% de ROIC de forma sostenida acabará siendo una máquina de generar riqueza, aunque pagues un precio aparentemente alto al principio.
En este artículo, desglosaremos cada átomo de esta métrica, desde su compleja fórmula hasta su interpretación estratégica, para que dejes de ser un espectador y te conviertas en un analista de élite.



