El crecimiento es el mantra del mundo empresarial. Crecer más, vender más, expandirse más. Los medios financieros celebran cada récord de ingresos, los analistas premian los planes de expansión agresivos y los inversores aplaudan cuando una empresa anuncia que ha duplicado sus ventas. Pero hay una pregunta que raramente se hace con suficiente rigor: ¿crecer para qué?
La realidad, incómoda pero necesaria, es que el crecimiento puede ser una de las mayores trampas en la que puede caer una empresa. Y lo hace de dos formas muy distintas según el tipo de negocio: en las empresas deficientes, el crecimiento amplifica las pérdidas hasta hacerlas insostenibles; en las empresas de calidad, el crecimiento mal gestionado erosiona silenciosamente los márgenes y destruye décadas de valor acumulado. En ambos casos, los accionistas acaban pagando la factura.



